
La ‘vida perfecta’ no existe, es un imposible, porque la perfección es una ilusión creada para ser usada como estandarte de insatisfacción que mantenga a las personas en busca de algo inalcanzable. Imperfección, por el contrario, es viabilidad, oportunidad, desafío, cambio, crecimiento, progreso e inconformidad. Nada puede estar siempre mal ni nada puede estar siempre bien; los matices y los instantes importan porque permiten dimensionar todo aquello que nos rodea, los triunfos y las caídas, los aciertos y los errores.
¿Por qué entonces se asocia a la felicidad con la perfección? ¿Por qué parece que la búsqueda por la perfección y la esperanza por alcanzarla está relacionada con la falta de libertad? Si perfección se liga a conceptos como modelo, homogeneidad y conclusión, ¿no parece más bien tratarse de una prisión que atrapa y delimita, priorizando optimización por encima de mejoramiento?
Los temas se abordan en la película No te preocupes, cariño (EUA, 2022), escrita por Katie Silberman, dirigida por Olivia Wilde y coprotagonizada por ella junto con Florence Pugh, Harry Styles, Chris Pine, Gemma Chan, KiKi Layne y Nick Kroll. La historia se centra en Alice, una joven ama de casa que vive una aparente tranquilidad idílica en una pequeña comunidad llamada Victoria, una ciudad industrial en la que los hombres de familia son empleados o están asociados a la empresa que administra el lugar.
En la también llamada ‘ciudad empresarial’, donde el estilo de vida emula la estética, costumbres y organización social de las décadas de 1950 y 1960 en California, Estados Unidos, todo parece perfecto, sin problemas, preocupaciones, carencias o sinsabores. Alice y su esposo Jack se sienten contentos con la situación, se llevan bien con sus amigos y vecinos, nunca les falta nada, ni comida ni servicios y no hay mucho por lo que inquietarse más que por disfrutar el día a día.
La rutina de sus vidas, sin embargo, parece más un adoctrinamiento hacia un comportamiento específico que una existencia en libertad; todo sigue una costumbre, nada cambia nunca y todas las mañanas las mujeres despiden a sus esposos con una sonrisa en el rostro para que ellos salgan a trabajar en el misterioso proyecto con base en el Cuartel General, ubicado en medio del desierto. Las mujeres no pueden hablar sobre el trabajo de sus parejas, porque tampoco saben nada al respecto, todo se mantiene en total secrecía, al grado que cuestionar el orden es ganarse el rechazo de sus semejantes. En esencia, o se acepta el adiestramiento y control impuesto o no se pertenece a este lugar, donde la marginación sería la mínima de las consecuencias.
La vida por tanto es tranquila y pasiva, lo que puede hacerla tan inerte como indiferente, porque las dinámicas están condicionadas; nadie pregunta, nadie debate, todos acatan órdenes y las mujeres aceptan una posición de sumisión, docilidad y obediencia bajo el argumento de que sus esposos dedican sus esfuerzos y trabajo a que ellas tengan la supuesta libertad de hacer lo que quieran, o más bien, de no hacer nada. Pueden limpiar, cocinar e ir de compras, actividades que consumen su tiempo e interés, pero se les niega el espacio para crecer de cualquier otra forma.
Obedecen dócilmente, permitiendo la manipulación de sus esposos, aunque no se dan cuenta que lo hacen y que ello implica el peso de una mentalidad y organización social misógina y machista. Se les insiste que su bienestar es el mayor interés de sus parejas, pero la verdadera meta es que ellas hagan lo que ellos quieren que hagan, tratándolas como objetos desde el punto de vista más conservador y retrógrado, el que piensa que la mujer debe ser esposa, madre, cuidadora, compañera y ama de casa, pero nada más, sin derecho a la autonomía, individualidad y el reconocimiento, incluyendo el propio, ya que hacerlo, según el patriarcado, sería cuestionar la masculinidad de quien está a cargo.
En medio de este escenario tan hermético y autoritario, Alice comienza a cuestionar su entorno cuando es testigo de la muerte de su amiga Margaret, quien se había ganado la etiqueta de peligrosa al desafiar el orden de las cosas, asegurando que nada es lo que parece y que fue castigada por romper las reglas (la inesperada muerte de su hijo luego de adentrarse juntos al desierto, un lugar ‘prohibido’ para ellas). “Nadie cuestiona nada”, afirma Margaret, desesperada porque la gente se dé cuenta de lo que pasa pero no proteste; por eso ella se queja, alza la voz, hace preguntas y se rebela. Lo que consigue es desprestigio y desprecio como un castigo por sus acciones, convirtiéndose en el mensaje indirecto, más bien amenaza, hacia todos aquellos que no siguen las pautas: en esta ciudad se acatan las reglas y se sirve a los cánones o el caos los destruye, no a unos sino a todos. “El caos es el enemigo del progreso”, insisten los hombres, viendo el orden como la imposición de su voluntad y el caos como la inhabilidad de controlar la iniciativa, expresión, impulsividad, creatividad y libertad de aquellos a su alrededor.
La naturaleza más curiosa y desafiante de Alice, propia de su personalidad aunque hasta ahora no se había dado cuenta, la lleva a buscar explicaciones, considerar que hay más de una sola respuesta a sus dudas y que lo que los encargados les dicen no tiene necesariamente que ser ni la verdad ni la única respuesta viable. Así, tras ver un avión que se estrella en medio del desierto e intentar encontrarlo, saliendo para ello de los confines en que se le permite estar, Alice llega al Cuartel General, donde, al tocar el cristal de la puerta de entrada, experimenta extrañas alucinaciones.
Al despertar su hasta ahora estable y segura realidad se vuelve un mar de inquietudes. Todos le aseguran que Margaret está bien, pero ella sabe que mienten. Todos le aseguran que Margaret resbaló, pero ella sabe que la vio cortarse la garganta. Todos le aseguran que no pasa nada, que la vida sigue como siempre, pero ella presiente que lo único que intentan es callar su voz y enterrar sus incertidumbres, porque la verdad es algo que aparentemente no tiene el derecho de conocer.
Las mentiras se vuelven un intento evidente por manipularla, negando no sólo su palabra, su verdad y su percepción de la realidad, sino su búsqueda por autosuficiencia y seguridad en sí misma. En qué puede confiar si hasta sus recuerdos e ideas son puestos en tela de juicio, moldeados, como eventualmente descubre, para ser homogéneos con los de los demás. Sin embargo, el mundo a su alrededor continúa desmoronándose de una forma tan sospechosa que un principio queda claro: si algo es demasiado bueno para ser verdad, es que no lo es.
El doctor de la ciudad quiere medicarla contra su voluntad, potencialmente para, al drogarla, nublar su mente y así engañarla; Jack, su marido, no parece creerle ni apoyarla pues, cegado por el bien sincronizado ascenso laboral que en ese momento recibe y que lo pone más en deuda con Frank, (el líder y fundador del proyecto Victoria) está más interesado en quedar bien con su superior que en escuchar las preocupaciones de su esposa. Sus propias amigas, incluyendo su vecina Bunny, consideran que sus palabras no tienen ni sustento ni veracidad, como si pensar, sopesar, dialogar, cuestionar, debatir, analizar, objetar, contradecir y preguntar fuera tan incorrecto como reprobable, cuando la realidad es que Alice está atravesando un despertar muy simbólico en relación a su independencia, autonomía y pensamiento crítico.
Alice es catalogada paranoica con el fin de minimizar su voz, especialmente en esta sociedad en la que por ser mujer la tratan como si no tuviera aptitudes, cualidades ni derechos propios. Una realidad no muy alejada del presente y que se viene arrastrando desde tiempos remotos, en donde es común etiquetar a cualquier mujer como ‘loca’ e ‘histérica’ porque esto permite decidir sobre ella, negándole facultades como la autosuficiencia y entonces subestimar, rechazar y denigrarla en cuanto reclama ser valorada con equidad. En este ambiente ella se siente sola y es consciente del dominio que tiene Frank sobre todo.
¿Quién es Alice en este mundo de cuatro paredes? ¿Qué sueña, qué anhela, por qué vive, para quién o para qué, cuál es su meta y cómo imagina su futuro? Hay tanto que Alice no conoce de sí misma porque vive por inercia, tanto, que su propia identidad se ha difuminado en función de aquello que Jack quiere y define para ella. Lo descubre cuando se entera de la verdad: que todos viven en una realidad virtual y que el Cuartel General es el portal para salir del programa de inteligencia artificial. Más importante aún, aparentemente ninguna mujer conoce este secreto (aunque luego se revela que hay un par que sí), todas son presa de las decisiones de sus esposos, participantes obligadas de este experimento.
Cada mañana Jack y los demás hombres salen a trabajar, porque es su oportunidad para desconectarse de la IA. Al menos Jack ocupa su tiempo en el mundo real para conseguir un salario con el cual pagar por el departamento y equipo técnico que mantiene a Alice conectada a la realidad virtual. Su argumento, se defiende, es que quiere proteger a Alice, alejándola de una vida donde padecía infelicidad, estrés, preocupaciones y explotación social.
Jack insiste que Alice se veía tan inquieta y preocupada todo el tiempo por su trabajo como médico cirujano, que optó por elegirle una vida totalmente opuesta creyendo que así sería feliz. El problema, y lo que ella reclama, es que la decisión se tomó sin considerarla ni tomar en cuenta su opinión, ideales, anhelos, intereses y búsqueda por el crecimiento personal. Jack resolvió colocarla en una prisión de cristal, lo que no evoca ni valoración ni respeto, más bien control y sometimiento, ejercer una autoridad sobre ella, nunca viéndola como su igual.
Lo que eventualmente se evidencia es que en el proyecto Victoria todo parece perfecto, pero no lo es. No sólo es un patriarcado disfrazado de dicha y felicidad, que si existe es porque se impone coartando libertades, sobre todo las de las mujeres; sino que, además, propone una vida de lujos, exclusividad y privilegio, en la que tener cosas se promueve como sinónimo de éxito, bienestar y alegría; en donde las insatisfacciones y retos son enterrados, nunca afrontados, lo que provoca que la gente tenga una vida mediocre, pasiva, estancada, siendo incapaz de avanzar en ningún sentido.
¿Por qué elegir el mundo irreal sobre el real? ¿Por qué preferir la ilusión (de la realidad virtual) por encima de la verdad? ¿Qué tanta insatisfacción, inseguridad, decepción o frustración puede haber en alguien, consigo mismo y con sus alrededores, para estar más a gusto en un entorno plagado de filtros y espejismos?
Tanto a Jack como a los demás parece habérseles vendido la idea de que el mundo idílico es perfección, que el sacrificio aplica para algunos pero no a todos y que eso lo hace mejor que la vida real, en donde nada se consigue de la nada y todo requiere voluntad, esfuerzo y determinación. Jack elige el camino fácil, en el que no tiene que discutir o dialogar con Alice sobre temas importantes: sus problemas matrimoniales, sus ideas contrarias o aquello que les preocupa y aqueja, sin darse cuenta que ni él mismo tiene control sobre su propia vida. “Hay belleza en el control. Hay gracia en la simetría. Nos movemos como uno solo”, recalca Shelley, la esposa de Frank, cuyo papel es ayudar a mantener el orden desde una posición más sutil y menos amenazante hacia las mujeres, lo que le permite, al final, heredar el poder de mando de su esposo, alguien más impulsivo y arrogante.
Bunny asimismo propone una perspectiva diferente sobre la existencia, uso y función de este espacio virtual cuando revela a Alice conocer la verdad y que aceptó, por decisión propia, entrar al programa experimental porque en el mundo real sus dos hijos están muertos. En este mundo imaginario, construido artificialmente en su mente, ‘existen’ y viven a su lado, al menos simbólicamente, ya que son personajes sin vida, codificados por medio de un algoritmo. La verdad es tan triste para Bunny que elige la mentira, simular que vive cuando en realidad está postrada en algún lugar; no obstante, la mentira misma no le permite tampoco superar el duelo y vive estancada, sin anhelos ni proyectos, en una rutina que siente que la hace feliz pero que en el fondo es una suerte de “muerte en vida”. Tal parece que pretende “tapar el sol con un dedo”, pues cree que es feliz sabiendo que habita en una colección de apariencias creadas por programación de software. ‘Vive’ pero sabe que no lo hace realmente. Su triste realidad está ahí, en el fondo de su consciencia.
¿Es mejor ser libre con espacio para crecer y adaptarse enfrentando los conflictos en la vida o es mejor vivir cómodamente pero en la ignorancia? En la vida real, muchos como Jack se inclinan por escuchar a los falsos profetas que prometen un futuro perfecto, personas como Frank que parecen más líderes de un culto que innovadores con ideas revolucionarias, que consiguen seguidores bajo ideales imposibles de felicidad y perfección, que le dicen a sus seguidores lo que quieren escuchar.
La película presenta el peligro de una realidad virtual idílica en la que los participantes están cegados por el engaño, anestesiados y adormecidos, aquí muy literalmente, para no darse cuenta de lo que realmente sucede; lo que bien podría verse como un guiño al mundo actual, una metáfora muy directa, en el que cada vez más seguido se prefiere la fantasía sobre la autenticidad, lo intangible sobre lo tangible, la tecnología como mediadora de las relaciones sociales y los procesos humanos.
Si a lo que se aspira es a un mundo mejor, por qué construir un paraíso en el que se reconstruye un pasado que no fue funcional, convertido en un presente donde continúa habiendo desigualdad de género y se recae en estereotipos, en roles de género tradicionales y la rutina como medio para la enajenación, en la alienación misma como forma de control y el retroceso social como puerta abierta a la dependencia tecnológica. Si la perfección no existe, el mundo ideal tampoco, aunque sea uno virtual.
Ficha técnica: No te preocupes cariño - Don't Worry Darling