Nada más contrastante que Singapur e India: el orden y el desorden, el gobierno y su ausencia, la planeación y el caos. Dos mundos radicalmente distintos que, sin embargo, tienen más en común con nosotros de lo que parecería a primera vista. Luego de una semana de participar en un grupo de estudio en estos dos países, me parece que hay grandes lecciones para nosotros, sobre todo una de enormes consecuencias: el desarrollo puede ser planeado milimétricamente como en Singapur o China, pero también puede ser producto de unas cuantas decisiones bien hechas que, poco a poco, crean un caldo de cultivo para el cambio que luego se torna imparable y al cual toda la población se suma de manera convencida y entusiasta.
Mi primer aprendizaje fue la escala y profundidad de la integración que experimenta la región. Si no fuera por el hecho de que hay un enorme mar de por medio, los procesos productivos parecen indistinguibles de lo que ocurre en Norteamérica: componentes producidos en Japón se suman a otros que vienen de Taiwán y Singapur para luego integrarse en Vietnam y Bangladesh para un producto ensamblado en China. Aunque hay muchas actividades y sectores económicos que funcionan independientemente del resto, los números revelan una historia de creciente integración industrial que muestra una gran economía regional cada vez más productiva, elevando los niveles de ingreso de todos los países.
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