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De pies a cabeza

JUAN VILLORO

Hace un tiempo, un francés me dijo: "Vivo en México porque aquí puedo desayunar papaya todos los días". La frase parecía aludir a un capricho gastronómico, pero escondía una convicción profunda. Quise saber más y él agregó: "Siempre divido la papaya en doce trozos; me ha ido bien con este número". La fruta no sólo le gustaba; era un oráculo: un día sin doce trozos de papaya resultaba peligroso.

Las supersticiones y las manías rebasan el plano individual. Si sales a la calle con el pie izquierdo, no sólo pones en riesgo tu destino, sino el del planeta entero.

Esto le sucedió al escritor Juan José Millás, que se viste del mismo modo en que lee, de izquierda a derecha. Un día soñó que era árabe y al despertar metió la pierna derecha en el pantalón y luego la izquierda, como se lee en esa lengua. Había alterado el equilibrio de la realidad. ¿Podría vivir a contrapelo? Por suerte, el miedo a desestabilizar el cosmos no pasó de ser una amenaza. Eso sí, al día siguiente volvió a vestirse de izquierda a derecha.

Entendí la importancia de los hábitos íntimos en la regadera de un hotel. Por razones oscuras, se considera moderno, e incluso lujoso, que las manijas de la ducha sean incomprensibles. En ciertos casos, regular la temperatura y la presión del agua es tan difícil como abrir una caja fuerte. El más leve error expulsa un torrente cuya potencia no parece destinada a lavarte sino a raparte. En lo que descifras cómo funciona el mecanismo, se desperdicia suficiente agua para alimentar al sediento ChatGPT, que consume una botella cada cien palabras.

Como los pies resisten mejor las temperaturas extremas comencé a enjabonarme desde abajo. Entonces recordé una lección que la señorita Muñiz nos dio en sexto de primaria en el Colegio Alemán. Preguntó algo que no venía a cuento pero que definió nuestra vida: "¿Qué se enjabonan primero, los pies o la cabeza?". Un compañero se apresuró a decir que él empezaba por los pies. Craso error. La maestra explicó las prioridades de la limpieza; hay que lavar primero la cabeza para que la mugre escurra al resto del cuerpo y sea lavada a continuación. Su idea de lo que podía anidar en nuestro pelo era bastante dramática, como si el champú sirviera para liberarnos de babosas, ramas y huellas de carbón. La lección culminó con esta frase: "El cuerpo es como las escaleras, que se barren de arriba abajo".

Desde entonces sigo esa norma; si la rompo, temo que todo se derrumbe, y hago lo mismo con los botones de la camisa; empiezo por arriba, con obediente verticalidad.

Sin embargo, una regadera complicada alteró la costumbre. Y no sólo eso: un chorro de agua helada hizo que despertara de verdad. La lucidez es incómoda y me reveló que había violado una regla de conducta. Por su parte, la memoria es punitiva: me recordó una canción que parecía creada para burlarse de mí en ese momento: "Las muchachas tapatías/ cuando se van a bañar/ lo primero que se lavan/ son los pies para bailar". Si Millás se había vestido como un árabe, yo me había bañado como una tapatía.

¿Alteraría eso la balanza del mundo? Pertenecemos a una especie que toca madera, se aleja de un gato negro y busca un trébol de cuatro hojas. A estos evidentes signos de la fortuna se agregan las manías de cada quien -la papaya rebanada en doce trozos, vestirse de izquierda a derecha-, es decir, las minucias que regulan el orden secreto de las cosas.

Cuando oigo la frase "de pies a cabeza", sé que se refiere a algo que se ha cubierto por completo; pero también sé que, bajo la ducha, la relación jerárquica se invierte.

El caso es que salí al mundo con pies vacilantes y jugué a la lotería. Gané un reintegro, un resultado superior a mis apuestas anteriores. ¿Debía cambiar mi conducta? Desayunar, bañarse y vestirse son formas de plegaria; queremos empezar el día de manera correcta. ¿Me atrevería a vivir a la inversa? Ya en la tarde, entendí que la suerte me sometía a una decisión moral. Disponer de otro billete de lotería era una tentación para abandonar el camino recto. Poco antes de dormir, con más calma, reparé en un detalle: al entrar a la regadera había abierto el frasco de champú; comencé por los pies, pero con el jabón de la cabeza.

¿Debía repetir el experimento? Por supuesto que no: quien solo responde a sus impulsos acaba declarando una guerra. El orden del mundo depende de gestos mínimos, y empieza por la cabeza.

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Escrito en: columnas Editorial

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