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De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

“¡Qué barbaridad! -le dijo llena de escándalo la recién casada a su marido en el momento de la intimidad conyugal-. ¡Cómo me pides que te haga eso!”. Tras una pausa añadió, temerosa: “A menos que hayas leído mi diario de soltera”. El príncipe heredero le entregó al Primer Ministro un brassiére tamaño extra grande súper large plus magnum brut. Le dijo: “Se me ocurrió una nueva versión del cuento de la Cenicienta. Me casaré con la doncella que llene este brassiére”. En el Ensalivadero, lugar propicio a las expansiones de las parejas en trance de amor húmedo, Afrodisio le dio a Dulciflor un beso labial, lingual, dental, palatal y adenoidal. Exclamó ella en el culmen del deliquio: “¡Un beso más cómo ése y seré tuya para toda la vida!”. “Gracias por advertírmelo -replicó Afrodisio-. El siguiente beso te lo daré sólo para efectos de este fin de semana”. Pancho el mexicano y su esposa Candelaria lograron por fin obtener la ciudadanía de Estados Unidos. Le anunció ella a él: “Ya somos ciudadanos americanos. A partir de esta noche tú vas a lavar los platos, y yo me pondré arriba cuando hagamos el amor”. La película “El cónclave” le hará a la Iglesia Católica más daño que el que le hacemos algunos católicos. El film expone en toda su crudeza y realidad la llamada “política negra”, vale decir las intrigas de sotana; las sordas y sórdidas luchas por el poder que se dan en las cúpulas de esa institución cristiana tan alejada a veces de Cristo. Desde luego no soy doctor in utroque jure, o sea en ambos Derechos, el civil y el canónico, pero creo advertir en el film un error grave que afectaría de raíz su trama. El Papa, en efecto, puede hacer la designación de un cardenal u obispo in pectore, vale decir en secreto, guardándose el nombramiento para sí y comunicándolo sólo al designado, quien deberá respetar la secrecía. Pero si el Pontífice muere antes de dar a conocer formalmente su decisión el nombramiento queda írrito, nulo y sin efectos. En el caso de la película citada, el deceso del Papa al principio mismo de la historia habría hecho nugatoria la designación cardenalicia que tan grandes efectos tendría después en el desarrollo argumental. Por eso asistía la razón a aquel padrecito que le pedía con insistencia al obispo de su diócesis que lo hiciera cura de tal o cual parroquia. “Ya te tengo designado -le decía Su Excelencia-. In pectore”. Y le suplicaba, vehemente, el padrecito: “¡Pues expectóreme, señor!”. Este relato lo escuché en la voz de mi querido tío J. Refugio García, católico católico. Repito la palabra porque decía él que para afirmar la calidad de verdadero de algo había que pronunciar dos veces su nombre. “Quiero café café”, debía pedir quien no quería que le sirvieran un café instantáneo. El tío Refugio nos quería mucho a la amada eterna y a mí. Para él éramos “mis adorables sobrinos”, según el título de un programa de televisión de la época. Dispuso que a su muerte recibiéramos tres legados: el antiguo y hermoso librero de vidrio cóncavo; el bello busto de Alighieri en mármol blanco y su espadín de Caballero de Colón. Traigo a la memoria al tío Cuco porque al hablar del Papa jamás decía sencillamente “el Papa”: decía siempre “el Santo Padre”. El buen Papa Francisco el Santo Padrenos ha pedido oraciones por su salud. No merezco que las mías lleguen al Cielo -subirán a lo más unos centímetros por encima de mi cabeza-, pero aun así pido por él, porque es hombre humilde, bueno, comprensivo y tolerante, cualidades que no he visto en algunos jerarcas eclesiales. Que Dios le dé muchos años más de vida al Pa. al Santo Padre, y que yo los vea. FIN.

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