“ ¡Pa’ gente buena, la de San Buena!”. Pocas veces he oído un lema tan acertado y verdadero. San Buenaventura, bello lugar en el centro de mi natal Coahuila, se caracteriza por el talante hospitalario y generoso de sus habitantes. Hace algún tiempo, a instancias del entonces gobernador, Humberto Moreira, quien llevó a cabo durante su gestión una notable labor cultural, di conferencias en los 38 municipios del estado, desde los más importantes hasta los más pequeños del vasto territorio coahuilense. Guardo gratísimas memorias de ese periplo, si me es permitido el uso de ese raro término. Entre mis mejores recuerdos está la visita que hice entonces a San Buena. Ahí conocí los dichos y hechos de don Prudencio Garza, personaje emblemático de la ciudad, celebrado por su simpatía, su ingenio y bonhomía. Nadie entraba en su tienda sin comprar algo y sin gozar de sus galanas ocurrencias. Una vez tenía recargado en el mostrador un contrabajo, y alguien le preguntó la razón de estar ahí tal instrumento. “Me lo dieron en pago de una deuda -replicó-. Y está curado”. “¿Cómo que curado?” -se desconcertó el que preguntaba. “Sí -explicó don Prudencio-. Ha tocado lo mismo en la iglesia que en el congal”. Mi buen amigo Leo, gran conversador, me contó que en cierta ocasión fue a comprarle a don Prudencio un calentador de leña. Él le mostró uno y le dijo: “Es muy bueno. Ni siquiera necesita leña. Nomás miéntale la madre, y verás cómo solito se calienta”. Regresé a San Buena hace unos días. Tuve el honor de ser invitado a clausurar la Feria del Libro, una de las mejores que Coahuila tiene. Cuando llegué al poblado caía un aguacero torrencial que hacía de cada calle un río y que era capaz de convertir en lago al desierto del Sahara. Pensé: “Con este diluvio no va a haber gente en mi presentación”. Desde luego eso no me preocupa: alguna vez di una conferencia para una sola persona, de modo que si en la sala había dos tendría el doble del público que en aquella ocasión tuve. Sorpresa: el recinto se llenó de un público cordial y bondadoso que rio mis cuentos, escuchó con atención mis reflexiones y al final me aplaudió de pie y me tuvo más de una hora firmando libros y tomando fotos. El Presidente Municipal, Hugo Iván Lozano Sánchez, me dijo en su discurso: “Nos hizo usted reír, pensar y casi llorar”. Charlé un buen rato con él, y noté su cultura y su sensibilidad. Luego me expliqué esas cualidades: el joven y talentoso alcalde es maestro, egresado de la Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Coahuila. Le doy las gracias por sus atenciones, lo mismo que a su gentil esposa, Jezabel Segura Iruegas y a la Coordinadora de Cultura, Yolanda Cantú Moncada, quien con eficiencia organizó mi presentación allá. Muy especialmente expreso mi gratitud al público que con tanta amabilidad me trató. Estoy seguro de que si me porto bien Diosito será bueno conmigo y me hará regresar otra vez a San Buena. En presencia de la joven y apetecible mucama de la casa Pepito le comentó a su mamá, recién llegada de un viaje: “Yo y papi dormimos juntos el viernes”. La mucama lo corrigió: “’Papi y yo dormimos juntos el viernes’”. “No -la corrigió a su vez Pepito-. Lo de ustedes fue el sábado”. Don Algón, salaz ejecutivo, le preguntó enojado a su linda y curvilínea secretaria: “Señorita Grandpompier: ¿quién le dijo que sólo porque le he hecho el amor un par de veces puede usted faltar al trabajo y llegar tarde cuando le da la gana?”. Replicó la muchacha: “Me lo dijo mi abogado”. En el campo nudista Susiflor le comentó con disgusto a su amiga Rosibel: “Odio a los hombres que te visten con la mirada”. FIN.