Si cayó Roma, que era eterna, ¿por qué no habría de derrumbarse el Imperio Americano? Como ha ocurrido con tantos otros -del asirio al persa, del helénico al árabe, del bizantino al romano-germánico, del turco al español, del británico al soviético-, en la mayor parte de los casos su desmoronamiento no ha sido producto de guerras o invasiones, que más bien han terminado por liquidarlos, sino de sus contradicciones íntimas. La fragilidad de estas inmensas construcciones ficcionales -un imperio es más que su Estado y sus ejércitos: su permanencia depende en buena medida de la eficacia de sus relatos- se encuentra, más bien, en su incapacidad para conciliar las distintas fuerzas que conviven en sus entrañas y de adaptarse a sus inesperadas mutaciones.
Acaso nada acelere más su debacle que el ascenso de un líder torvo o irresponsable, arrogante o dogmático, que sirve como catalizador de esas tendencias centrípetas que aceleran su disolución. Un poco a la manera de Teodosio I, quien al establecer el cristianismo como religión oficial demolió los cimientos que habían animado al Imperio Romano y precipitó su división y a la postre su irrelevancia, Donald Trump parece destinado a convertirse en la figura que precipitará la decadencia de Estados Unidos como potencia global. Por más que la historia no sirva para predecir el futuro, sino apenas como metáfora del presente, el desesperado intento por hacer grande a Estados Unidos otra vez parece dirigirlo, más bien, a su agonía.
Ello no quiere decir que de la noche a la mañana Estados Unidos vaya a dejar de ser la mayor economía del planeta -o la mejor armada-: los Imperios suelen morir muy poco a poco, sin apenas darse cuenta, dando salvajes coletazos como una bestia herida. Esa es justo la sensación que deja la obsesión trumpiana por darles la vuelta a todas las tradiciones y políticas que Estados Unidos ha practicado en el planeta por más de un siglo, es decir, desde que inició su ascenso geopolítico tras el fin de la Guerra de Secesión. Su auge derivó, esencialmente, de la alianza pactada entre sus élites para alternarse en el poder de maneras civilizadas y pacíficas y para concentrar su ansia expansionista -pura Realpolitik- en el exterior.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos forjó así el orden mundial que hemos vivido desde entonces, consolidado con la disolución interna -otra vez- de su único rival en la segunda mitad del siglo XX, el Imperio Soviético. Su premisa fue, otra vez, el consenso que le permitió imponer la lógica neoliberal en todas partes: un sistema basado en el libre comercio que le permitía asegurar su primacía militar a partir de un brillante relato de excepcionalidad democrática. Guiados por sus gurús, Estados Unidos poco a poco demolió todas las barreras nacionalistas y hasta China terminó por integrarse en el modelo capitalista diseñado por Washington.
La globalización neoliberal -su credo oficial- sirvió al Imperio durante décadas, asegurando su primacía. Solo que ninguna fantasía ideológica es capaz de anticiparlo todo y sus efectos negativos no tardaron en hacerse palpables: un acelerado proceso de desindustrialización, derivado de la mano de obra barata en otras partes, que arruinó a millones de trabajadores, en particular blancos. La reacción, encabezada por Trump, ha sido echarles la culpa del proceso a los migrantes -una simple mentira- y, ahora, el intento por desmantelar el mismo mercado global que Estados Unidos por tanto tiempo se empeñó en alumbrar. Se trata, no hay duda, de una visión nostálgica -la vuelta a un pasado inexistente- condenada al fracaso.
Como los emperadores romanos del siglo IV, Trump cree que la solución consiste en atrincherarse dentro del limes, como si no supiéramos que hasta las más sólidas fronteras son siempre ineficaces. Los Estados Unidos que hoy construye de modo unilateral, destrozando el pacto entre sus élites -una nación más nacionalista y proteccionista, más cerrada al mundo- difícilmente lograrán contrarrestar la innovación que el modelo autoritario y tecnológico chino despliega a su vera. En política, cada vacío se llena y todo Imperio que se retrae deja espacio para la incipiente llegada de uno nuevo.