Pasó el 2 de abril y México lo festejó como si hubiésemos ganado un mundial. En un país cuyas glorias son batallas ganadas y las defensas heroicas, aunque a la postre hayamos perdido las guerras celebradas (el 5 de mayo contra los franceses, el 13 de septiembre frente a Estados Unidos y la hoy llamada "Noche Victoriosa" frente a Cortés) no es extraño que festejemos que, al menos esta semana, Trump no nos metiera gol. No obstante, los golpes previos a la industria automotriz, al acero, al aluminio y a la cerveza ahí están y comienzan a tener efectos en la economía. El más visible es el anuncio de Stellantis (el conglomerado al que pertenecen las marcas estadounidenses Chrysler, Dodge, Jeep y Ram) de detener la producción en México y Canadá.
La respuesta del gobierno fue la aceleración de lo que llaman el Plan México, una serie de 20 acciones para revitalizar la economía. Independientemente de la pertinencia de algunas de las acciones anunciadas, el objetivo fundamental era mostrar que no están con los brazos cruzados. Frente al gabinete en pleno, casi todos los gobernadores, representantes de las Cámaras, de los empresarios y de los sindicatos, la presidenta enumeró una lista de buenos deseos y algunas, muy pocas cosas concretas, que si salen más o menos bien harán menos crítico un año cuyo único objetivo es estar cualquier cosa por encima del cero. Esa meta, que los que hoy gobiernan hubieran calificado de inaceptable cuando eran oposición, es el mejor de los escenarios.
Hay una gran discusión sobre si las políticas implementadas por Trump tendrán un efecto positivo para la economía de Estados Unidos en el mediano plazo, en dos, tres o cinco años. De lo que nadie tiene duda es que a corto plazo generarán una recesión en la economía más grande del mundo y por ende en varios países. La caída de los mercados el día de ayer es una clarísima señal de lo que significan estas medidas para Estados Unidos.
La economía mexicana ya venía dando preocupantes señales de desaceleración y, a pesar de los esfuerzos discursivos de las autoridades, es muy probable que este año y muy probablemente el próximo sean de decrecimiento. Más allá de la buena voluntad de la presidenta y su equipo, con una loza llamada Pemex, el gobierno federal no tiene los recursos para convertirse en la palanca de desarrollo que pretende el gobierno de Sheinbaum. Expresados como cabos sueltos cada uno de los veinte puntos parece importante, pero no alcanzan para cambiar el rumbo: el gobierno no tiene la palanca suficiente para ser el timón de la economía, mucho menos para sacarla a flote.
De que habrá decrecimiento este año, hay pocas dudas. La pregunta es qué tan profunda será la recesión. El tamaño sí importa.