Uno de los vicios endémicos, de entre los muchos que padece la clase política mexicana, es el nepotismo.
Como herencia directa de la casta pseudorrevolucionaria del siglo XX, esta puede rastrearse más allá de la década de los treintas a partir del presidente Miguel Alemán en su propio hijo, como gran beneficiario del poder en turno a través de dádivas transexenales tales como los desarrollos inmobiliarios en el puerto de Acapulco y hasta la participación directa como dueño de buena parte de las concesiones de Gobierno otorgadas a una empresa televisiva con radiodifusoras.
Esta tendencia tendrá continuación a su vez nada menos que en Luis Echeverría durante la década de los setentas en la que pese a su manejo permanente de un discurso socialista y en favor de los pobres tanto como de los países tercermundistas, tampoco evitó hacerse dueño y testaferro de un sitio turístico incipiente como Cancún al que con todo su poder e influencia logró convertir al poco tiempo en un emporio de negocios en ese mismo rubro y hasta en el desarrollo urbanístico del mismo.
Cabe señalar que esta tendencia hegemónica que es muy propia de las autodenominadas izquierdas no es una tarea exclusiva mexicana pues suele tener réplica en otros países de nuestra América y con ejemplos bastante claros; como el de la dinastía de los hermanos Castro en ese campo de concentración que es Cuba desde 1959, al igual que en otros casos más recientes, tal como sucediera en Brasil bajo el mandato de Luís Inacio Lula Da Silva: el eterno candidato comunista, fundador del Foro terrorista de Sao Paulo junto con Fidel Castro, quien convirtió de la noche a la mañana a su hijo sin oficio en empresario de concesiones de medios de comunicación, dueño de una compañía televisora y multimillonario de la noche a la mañana.
Otro caso-ejemplo también lo viene a ser la dinastía de los Kirchner en la Argentina; herederos de la estafeta populista del más rancio peronismo quienes se convirtieron en multimillonarios y dueños no solo de un partido político del que hicieron negocio familiar durante décadas de enquistamiento en el poder, gracias a varios mandatos presidenciales entre el fallecido Néstor y su esposa Cristina, sino también en grandes terratenientes al amparo de las instituciones públicas y corrompidas por ellos mismos hasta el año pasado.
En México actualmente, esta experiencia nociva ha seguido vigente y al amparo del poder desde las presidencias de la República como vicio transexenal.
Lo vimos de manera muy clara durante el Gobierno anterior cuando el ex presidente López; montado en todo un discurso de austeridad republicana, cercanía con los pobres y hasta supuesto combate a la corrupción tanto como a los privilegios de clase, no dejó de favorecer de manera directa a sus hijos mayores, a su esposa, primos, a una nuera y demás parentela con concesiones jugosas, negocios en empresas paraestatales y enriquecimiento hasta de amigos en los costosos e inutilísimos elefantes blancos que por su insolvencia seguimos pagando los mexicanos desde nuestros impuestos.
Quizá un tanto consciente de aquellos vicios tan evidentes o por hallarse sujeta a escrutinio constante por parte de nuestros principales vecinos y socios comerciales, Claudia Sheinbaum pareció intentar sacudirse de esta herencia promulgando una ley ante el Congreso-donde dispone de la gran mayoría de los legisladores a sus órdenes-para prohibir el nepotismo.
Sin embargo, debido a exigencias del Partido Verde que es una de las fuerzas políticas con las que va en coalición se retractó, ordenando que esta ley entrará en vigor hasta el año 2030 no solo para no afectar lo que se vive en su partido tanto como en el actual Gobierno con los Alcalde, Batres, López, Salgado, Monreal y hasta los Yunes recientemente, sino para permitir que la esposa del Gobernador de San Luis Potosí, que es Senadora, pueda asumir el mando de aquella entidad, con lo que aquello que pudo haber brillado como el gran acierto de la Administración federal ahora queda relegado como adorno y en el olvido.