Llevar un sexenio por semestres no garantiza asentar y desarrollar un gobierno. Y, reconociendo el aplomo y el equilibrio guardado por la presidenta Claudia Sheinbaum, lo ocurrido en los primeros seis meses de su gestión, el momento exige tomar decisiones de mayor fondo, sino se quiere poner en duda el curso y desenlace del mandato.
Por lo sucedido y actuado en ese lapso, cabe afirmar que la presidenta Sheinbaum ha hecho del funambulismo su arte, pero sin permitir vislumbrar si arribará al otro extremo de la cuerda floja. Ha sorteado presiones internas y externas, pero sin encontrar en la tensión puntos de apoyo para afianzar su gobierno. Ha lanzado el Plan México, alterno y paralelo a la compleja situación, para fortalecer la economía e impulsar el desarrollo, pero sin ofrecer la certeza jurídica necesaria para dar confianza a la inversión.
Ajena en buena medida a la mandataria, la circunstancia es complicada y el margen de maniobra estrecho. Lo mejor hasta ahora es que lo peor no ha acontecido. Sin embargo, es difícil concluir que el sexenio se llevará a plazos o por semestres. De ser ese el caso, el gobierno será de contingencias, no de continuidad. Más vale tomar decisiones. ***
Si días atrás fue absurdo convertir aquella asamblea en el zócalo sobre la imposición de aranceles estadunidenses en festival por treinta días de prórroga, igual sería entender ahora el supuesto trato preferencial en materia arancelaria como una victoria o el Plan México como la fórmula para salir bien librados la guerra comercial desatada por Donald Trump contra el resto mundo.
Antier, el presidente de Estados Unidos confirmó varias cuestiones. No es un político confiable ni respetuoso de los acuerdos y, en su megalomanía, es capaz de hacer de cada negociación un conflicto y de cada aliado un adversario o enemigo. Y es que, a su parecer, ante la pérdida de la hegemonía de la potencia que representa, lo indicado es el encierro. Lo suyo es levantar muros sean contra la migración o la competencia, sea con palizadas o tarifas. Y poco le importa aislarse, así provoque inflación y estancamiento.
El socio y vecino hizo una mala apuesta. Jugar a favor de la prosperidad local sin calcular la posibilidad, a costa de declarar una guerra comercial global corriendo el peligro de provocar una calamidad, guardando como socios o rehenes a México y Canadá. ***
Desde esa perspectiva, el gobierno mexicano no puede perder de vista dos cuestiones y una posibilidad.
Una. El trato preferencial deriva no de la honra del tratado económico-comercial, sino de un asunto distinto a su materia: la exigencia de frenar el flujo migratorio y el tráfico de fentanilo. Tareas que, sin una métrica establecida de común acuerdo, deja al capricho del socio y vecino determinar si se desarrollan o no a su entera satisfacción. Por lo pronto, el tratado es palanca que le permite alcanzar otros objetivos por lo que, en cualquier momento, el trato preferencial podría esfumarse.
Dos. En el afán de reconquistar la supuesta grandeza de Estados Unidos y la prosperidad es posible que Donald Trump no descarte sostener, no necesariamente en sus términos, el tratado con México y Canadá (el T-MEC) a fin de fortalecer al norte de América como una poderosa región, pero reduciendo a los socios a maquiladores. En ese esquema también cabria la posibilidad de pensar no en replantear el acuerdo trilateral, sino en dos bilaterales para evitar que a México y Canadá los tiente la idea de constituirse en las tenazas de una pinza. Lo evidente es que pretende renegociar agresivamente ese Tratado, no revisarlo.
La posibilidad digna de consideración es simple. En el muy remoto caso de ganar aquella apuesta, Trump podría hacer a un lado el Tratado. Ahí se explicaría por qué solicitó apoyo al Congreso para acabar con él. Las referencias hechas al T-MEC lo dejan herido, a saber, si de muerte.
Más vale no entender el supuesto “trato preferencial” como una victoria ni el Plan México como el bote salvavidas inhundible. ***
La otra presión que complica la circunstancia de la mandataria y reduce su margen de maniobra es el legado recibido, el cual obviamente no puede denunciar.
El estado financiero y económico, la crisis en materia de seguridad, el serio problema en el campo de la salud y el cúmulo de pendientes heredados la obligan, como lo ha venido haciendo, a operar rectificaciones sustanciales que, por el peso del liderazgo de su antecesor, realiza sin cacarearlas como debiera. El giro dado, particularmente, en seguridad y salud, así como en la relación con el sector privado es notorio y meritorio. Sin embargo, lo lleva a cabo como quien no quiere la cosa e, incluso, rindiendo honores a su tutor.
La mandataria hace lo que puede sin señalar la causa o al autor del problema, pero hay una materia que, poco a poco, va dejando ver sus filos, constituyéndose en el próximo problema: la elección del Poder Judicial. No pudo o no quiso suspender o limitar esa reforma y pinta para culminar en un fraude o un fracaso y un enredo. Pese al deseo, ese Poder no será un nuevo dominio de la llamada cuarta transformación, sino de intereses y agentes económicos, políticos e, incluso, criminales que sustituirán al desastre anterior con un nuevo. Una crisis que ahondará la incertidumbre justo cuando se requiere certeza.
Si bien la presidenta Sheinbaum no quiere o puede marcar diferencias con su antecesor y sus guardianes está impelida a soltar lastre con mucho mayor velocidad. ***
Llevar el sexenio por semestres o a plazos cortos vulnera la posibilidad de asentar y desarrollar un gobierno. Qué bueno que la Presidenta guarde el aplomo y mantenga el equilibrio, pero la circunstancia reclama decisiones de mucho mayor fondo.
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Por como pinta el cuadro, el sexenio se va a llevar por semestres, pero ello no garantiza asentar y desarrollar un gobierno. La circunstancia exige tomar decisiones de fondo.