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Tejiendo historias

La maestra

LUCÍA OLIVARES

Si hacemos un poco de memoria, recordaremos que gran parte de nuestra educación está basada en pequeñas historias que nos contaron nuestros papás; historias que suelen ser mentira, pero que promueven ciertos valores y, sobre todo, el orden social.

“Estudia para que te vaya bien en la vida” se escuchaba en los hogares mexicanos como si no tuvieran el contexto del país en el que habitamos; sin embargo, se entiende que un padre incite a sus hijos a prepararse, forjar un camino con miras a un futuro promisorio. Si la vida la viviéramos solos, sería tan segura y sencilla como si fuéramos el único coche transitando por una carretera plana, pero, no es así. La vida, como las vialidades, están llenas de baches, gente cruzando sin fijarse, conductores alcoholizados, falta de señalética, personas discutiendo por celular mientras conducen. Somos nosotros en relación con todos los demás que coinciden en tiempo y espacio.

En este país, en México, hay una realidad que es innegable: no existe la meritocracia. Y si existiera, digamos que es más doloroso que parir chayotes. Como catedrática, he tenido la oportunidad de ver tantas realidades interactuando entre sí; me he maravillado ante el talento innato de tantos jóvenes, sus heridas más expuestas y los estereotipos más arraigados. Me entristece ver la actitud prepotente de quien, sabe, tiene el futuro resuelto porque su papá tiene un negocio fructífero y, entonces, identifica su paso por la universidad como mero trámite en el que no es necesario, siquiera, mostrar respeto por sus maestros o compañeros de clase; y, por el contrario, aquellas personas que se esmeran lo más posible para que, al graduarse, alguno de esos jóvenes (conocidos en mis tiempos como juniors) puedan darles la oportunidad de trabajar para ellos… aun sabiendo que no poseen el conocimiento necesario para desarrollarse laboralmente, mucho menos para dirigir una compañía.

¿Qué se hace ante esas realidades expuestas a los ojos de todos?

Asegurar un piso parejo, ¿es posible? En el aula, debería serlo. Como mujer, como mujeres, percibo ese esfuerzo extra, tal vez sea algo que venimos cargando de tiempo atrás. Como maestra, considero que el enfoque tendría que estar en desarrollar las habilidades que el internet y la inteligencia artificial no te provee, porque, al final de cuentas, la universidad es un ensayo, una experiencia más de vida, una probadita a distintas realidades y situaciones a las que te enfrentarás una vez que tengas que salir a ganarte la vida en un mundo caótico e injusto; pero, no podemos ser los enemigos, no podemos fomentar los estereotipos, ni ser una copia fiel a la injusticia del exterior. Las aulas deberían ser un espacio neutro, de sueños, de esfuerzos, de creatividad, de posibilidades, de igualdad… de meritocracia.

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