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Amor y sexualidad en la era del transhumanismo

El terreno afectivo ya está sufriendo cambios derivados de los desarrollos tecnológicos de los últimos años. Se avecinan nuevas formas de relacionarse, no sólo entre personas, sino también con inteligencias artificiales.

Imagen: Freepik

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JESÚS CERVANTES

El amor y la sexualidad son conceptos que han estado en constante transformación a lo largo de la historia. Desde el matrimonio concertado en la Edad Media hasta el auge del amor romántico en la modernidad, en cada época se ha redefinido la manera en que nos vinculamos afectivamente. Ahora, con los avances en la inteligencia artificial (IA), la biotecnología y la neurociencia, nos enfrentamos a una nueva pregunta: ¿cómo serán estos dos aspectos en la era del transhumanismo? 

El transhumanismo es una corriente filosófica y científica que aboga por el uso de la tecnología para mejorar las capacidades humanas más allá de sus límites naturales. Este movimiento ha sido impulsado por el desarrollo de la inteligencia artificial, la ingeniería genética, la nanotecnología y la cibernética. Desde una perspectiva optimista, busca erradicar el sufrimiento, aumentar la longevidad y potenciar las aptitudes cognitivas y emocionales de las personas. 

Este no es un concepto futurista alejado de la realidad; ya estamos presenciando sus primeros pasos con los implantes neuronales, las prótesis biónicas y los productos farmacológicos para mejorar habilidades como la memoria y la concentración. En cuanto al amor y la sexualidad, estas tecnologías abren un abanico de posibilidades que podrían redefinir nuestras relaciones íntimas, pero también traen consigo una serie de dilemas éticos complejos. 

CONTROL DE LOS AFECTOS 

El transhumanismo desafía la idea del cuerpo como un ente únicamente biológico. Con los avances en biotecnología, las personas podrían modificar su apariencia —adecuarla a los estándares de belleza hegemónicos, por ejemplo—, incrementar su resistencia física y alterar sus respuestas emocionales. En el ámbito afectivo, esto significa que alguien podría regular la intensidad de sus sentimientos mediante la neurociencia, eliminando así el sufrimiento por un rechazo o ruptura, o potenciando la atracción hacia una pareja elegida.

Replika es una compañía de chats conversacionales con IA especialmente diseñados para atender las necesidades afectivas de los usuarios. Foto: AFP/ Olivier Douliery
Replika es una compañía de chats conversacionales con IA especialmente diseñados para atender las necesidades afectivas de los usuarios. Foto: AFP/ Olivier Douliery

Sin embargo, esto plantea interrogantes éticas. ¿Es auténtico un amor que ha sido bioquímicamente regulado? Si podemos diseñar nuestras emociones, ¿seguirá existiendo la espontaneidad del enamoramiento? ¿No es el dolor parte de la experiencia humana? Además, si la manipulación emocional se convierte en una herramienta accesible, ¿cómo evitar su uso en dinámicas de poder desiguales? 

LAS IA COMO COMPAÑÍA 

El desarrollo de la IA ha permitido la aparición de chatbots y asistentes virtuales con capacidades conversacionales cada vez más sofisticadas. Es aquí donde nos preguntamos si una tecnología como esta podría convertirse en una pareja sentimental. Hoy, las aplicaciones de IA generativa ya pueden entablar pláticas fluidas, “recordar” detalles sobre sus usuarios y adaptarse a sus necesidades emocionales. 

En Japón, por ejemplo, hay un creciente mercado de “esposas virtuales”, hologramas interactivos que ofrecen compañía y cariño. Algunas personas han optado por “casarse” con estos programas, argumentando que una IA por compañera elimina los conflictos y el sufrimiento inherentes a los vínculos humanos. 

Este fenómeno no sólo ocurre del otro lado del mundo. En una investigación —publicada en el libro Inteligencia Artificial y Comunicación (2024)— realizada por la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC) sobre futuros imaginarios de amor e IA, una parte de los estudiantes concibió como viables las relaciones entre seres humanos y robots humanoides. Consideraron que en este tipo de vínculos se eliminaban los riesgos de vivir una traición o cualquier tipo de violencia, convirtiéndose en una situación deseable para algunos de los jóvenes participantes del estudio. 

Por otra parte, también imaginaron un mundo donde la IA les ayudara a encontrar a esa persona especial con quien podrían tener una relación amorosa satisfactoria. 

Akihiko Kondo es un hombre japonés que se casó con un holograma del personaje ficticio Hatsune Miku en 2018. Foto: Gatebook
Akihiko Kondo es un hombre japonés que se casó con un holograma del personaje ficticio Hatsune Miku en 2018. Foto: Gatebook

TRANSHUMANISMO Y PLACER 

El transhumanismo también ofrece nuevas posibilidades en el campo del placer. Los dispositivos de estimulación cerebral podrían permitir orgasmos inducidos sin necesidad de contacto físico. Los avances en la robótica han dado lugar a androides sexuales hiperrealistas que responden a estímulos y aprenden de las interacciones con sus usuarios. 

Sin embargo, esto también plantea dilemas éticos. ¿Podría la tecnología sustituir las conexiones humanas? O, por el contrario, ¿sería un complemento para explorar nuevas formas de placer? En este sentido, los debates sobre la cosificación del cuerpo, el consentimiento y la autenticidad del deseo y el afecto son más vigentes que nunca. 

Las mejoras biotecnológicas y la IA pueden ofrecer soluciones a disfunciones sexuales o insatisfacciones en la intimidad, pero también pueden crear nuevas formas de desigualdad, ya que, si el acceso a intervenciones tecnológicas emocionales y físicas depende del poder adquisitivo, podríamos enfrentarnos a una brecha entre quienes pueden “diseñar” su amor y quienes no. 

Asimismo, la automatización del amor y el deseo podría conducir a una erosión de la empatía. Si nos acostumbramos a relaciones predecibles con IA o a modificar nuestras emociones a conveniencia, ¿seguiremos valorando el esfuerzo y la reciprocidad que implica construir un vínculo afectivo con otro individuo? 

Otro aspecto relevante es la privacidad y el control de los datos. Las relaciones amorosas generan una gran cantidad de información personal, y el uso de IA en este ámbito podría llevar a una explotación comercial de las emociones. 

Estos, entre otros tantos escenarios futuros y presentes, nos invitan a cuestionar nuestra comprensión del afecto y la sexualidad. Quizá el futuro no implique la desaparición del amor tal como lo conocemos, sino su expansión hacia nuevas formas de vincularse. Tal vez la clave esté en encontrar un equilibrio entre la tecnología y la esencia misma de lo que significa amar: la incertidumbre, la conexión genuina y la capacidad de elegir libremente a quien entregamos nuestro cariño.

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