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Ignacio Solares, gambusino de ideas

Minucias, volumen póstumo del escritor chihuahuense, incluye esas pepitas de ingenio con que el maestro solía asombrar a quienes lo frecuentábamos.

Ignacio Solares, gambusino de ideas

Ignacio Solares, gambusino de ideas

VICENTE ALFONSO

Hace unos días comenzó a distribuirse Minucias, de Ignacio Solares. Publicado bajo el sello Grijalbo, se trata de un volumen póstumo que abreva sus últimas columnas para el diario El Universal, y que incluye un estupendo prólogo de José Gordon y un epílogo de su seguro servidor. Tales colaboraciones consistían en un material depurado hasta su esencia: frases sueltas que Solares coleccionaba del día a día, como un auténtico gambusino de ideas: las encontraba en sus conversaciones, en las reflexiones propiciadas por sus lecturas, a veces en el silencio mismo. El libro, de 230 páginas, incluye esas pepitas de ingenio con que el maestro solía asombrar a quienes lo frecuentábamos. Para muestra, transcribo aquí tres de ellas: “La vida me espera del otro lado de la angustia”, “La memoria es una maravillosa impostora” y “Sólo es posible perdonar lo que se comprende”.

Solares fue un prolífico novelista: sus obras abrevan de muy diversas fuentes, entre ellas la filosofía, el psicoanálisis, la historia y por supuesto, la literatura. Con un conocimiento profundo de aquello que Gabriel García Márquez llamaba “carpintería literaria”, supo forjar una obra que combina dos cualidades que muy pocas veces se ven juntas: sencillez y profundidad. Algunos estudiosos de su obra han dividido sus novelas en dos grandes grupos: en un primer grupo estarían las llamadas novelas de lo insólito, y en otro, las novelas históricas. Sin embargo, es probable que él mismo rechazara esta división, pues con frecuencia sus libros proponen tratamientos propios del género fantástico para pasajes centrales de nuestra Historia, o nos hacen ver el peso de la Historia en el día a día. En ese sentido, tal vez resultaría más útil utilizar un criterio que Solares aprendió de Octavio Paz durante los años en que convivieron en la redacción de Plural: según Ignacio, el poeta de Mixcoac clasificaba a los autores en dos grandes grupos: autores “sin metafísica” y autores “con metafísica”. Los primeros se limitan a documentar en sus relatos el mundo palpable, evidente, fáctico. Los segundos, en cambio, se afanan en consignar todo aquello que no vemos, pero que también forma parte de la vida: miedos, deseos, supersticiones, filias, fobias y sobre todo creencias y búsquedas de fe.

Una de las más importantes aportaciones de Solares a la tradición de la novela histórica es la reflexión en torno a la existencia de otros mundos dentro de este. Basta leer La noche de Ángeles, Madero, el otro, Columbus o La invasión para darse cuenta de que logra una textura única al amalgamar, como él mismo decía, lo “históricamente exacto con lo simbólicamente verdadero”. Sabe que no por intangibles resultan menos reales factores como el miedo, la pasión o el odio. ¿Cuántas veces en la historia de la humanidad una superstición habrá decidido el final de una batalla? ¿Cuántas veces una pasión irracional habrá marcado el destino de un país?

Varias veces le comenté al maestro que, al leer Madero, el otro, me había sorprendido su vasto conocimiento del desierto coahuilense al hablar con naturalidad de los saurinos, adivinos que toman su nombre del vocablo árabe zahorí. ¿Quién, si no un autor “con metafísica” podría haber reparado en ese aspecto de la historia regional? ¿Quién, si no un autor “con metafísica” habría escrito un libro que postula que la Revolución Mexicana no podría explicarse sin los intentos de Madero por comunicarse con el espíritu de su hermanito Raúl, quien le instruyó sobre las cuestiones del más allá y le quitó el miedo a la muerte?

Una de las últimas veces que visité a Solares, en junio de 2023, le pedí recomendaciones para escribir novela histórica. Tras meditarlo unos instantes, me dijo: “La clave es apasionarte con tu personaje, enamorarte de él. Luego, leer todo lo que hay sobre él”. Hoy me doy cuenta de que cerró su respuesta con una frase que bien podría haber sido una minucia: “El libro que falte en tu librero, donde encuentres un vacío, ese es el libro que tienes que escribir”.

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Escrito en: Vicente Alfonso Ignacio Solares homenaje escritor

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