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El presidente de China, Xi Jinping, y el presidente de Rusia, Vladímir Putin, en la cumbre del bloque económico BRICS, en 2024. Foto: EFE/ Maxim Shemetov
La invasión de Rusia a Ucrania, iniciada en febrero de 2022, no sólo marcó un punto de inflexión en la geopolítica mundial, sino que desencadenó una serie de hechos que han sacudido a la economía global. Lo que comenzó como un conflicto regional, rápidamente se transformó en una crisis multidimensional, afectando desde los mercados energéticos hasta la seguridad alimentaria, pasando por la inflación y la reconfiguración de bloques comerciales. Esta guerra ha expuesto las vulnerabilidades de la globalización, donde las decisiones de una nación pueden tener repercusiones en todo el planeta.
En el futuro, es probable que veamos un mundo más dividido, donde la regionalización de las cadenas de suministro —“desglobalización”— se convierta en la normalidad y los países busquen reducir su dependencia económica de actores externos, fortaleciendo su autonomía en áreas clave como la energía, la tecnología y la alimentación, como es el caso del Plan México —una hoja de ruta para fomentar inversiones estratégicas— impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum. Esto podría llevar a una mayor inversión en innovación y sostenibilidad, pero también aumentar las tensiones entre bloques comerciales rivales.
Sin embargo, para México, el conflicto ha creado algunas oportunidades. Por ejemplo, el alza en los precios del crudo ha beneficiado a la industria petrolera nacional. Además, la crisis energética en Europa ha llevado a un crecimiento en la demanda de gas natural licuado (GNL) y México, que cuenta con infraestructura para la exportación de este producto, podría fortalecer su posición en el mercado energético internacional.
LA CRISIS ENERGÉTICA, UN GOLPE A LA ESTABILIDAD GLOBAL
Uno de los efectos más inmediatos y visibles de la guerra ha sido la crisis energética. Antes del conflicto, Rusia abastecía alrededor del 40 por ciento del gas natural que consumía Europa, y gran parte de este llegaba a través de gasoductos que atravesaban Ucrania. Sin embargo, tras la invasión, Rusia redujo el flujo de gas y, en septiembre de 2022, el gasoducto Nord Stream 1, que conecta directamente con Alemania, fue cerrado.
Esta interrupción del suministro provocó una escasez en casi todo el continente, lo que a su vez derivó en un incremento en los costos del energético, que alcanzaron niveles récord y afectaron a hogares e industrias por igual.
Pero esta crisis no se limitó a Europa, sino que tuvo un efecto dominó a nivel global. Otros países que dependen del gas natural licuado también enfrentaron precios más altos, ya que ahora los mercados fuera de Rusia debían abastecer al viejo continente.
En respuesta, muchas naciones europeas intensificaron sus esfuerzos para diversificar sus fuentes de energía. Se aumentaron las importaciones de GNL de Estados Unidos, Qatar y otros proveedores —más costosos que Rusia—, y se invirtió en infraestructura para recibirlo y almacenarlo. Además, se aceleraron algunos planes para expandir la capacidad de producción de energías renovables y nucleares. Sin embargo, este proceso no ha estado exento de desafíos. A corto plazo, algunos países han recurrido temporalmente al carbón y a otras fuentes contaminantes, lo que ha ralentizado los avances en la lucha contra el cambio climático.
INFLACIÓN Y RECESIÓN
El aumento de los costos en la producción energética ha generado una ola inflacionaria global desde hace un par de años, afectando a industrias clave como la manufactura, el transporte y la agricultura. Esta inflación ha erosionado el poder adquisitivo de los consumidores y aumentado el riesgo de recesión en varias economías, entre ellas México, que puede enfrentar esta condición a partir del segundo trimestre de 2025, aunado a las amenazas arancelarias de Trump.
Pero el impacto de la guerra no se limita a la energía; también ha tenido repercusiones en los alimentos y los metales. Por ejemplo, Rusia y Ucrania son responsables de aproximadamente el 30 por ciento de las exportaciones mundiales de trigo, cuyos precios alcanzaron niveles récord en marzo de 2022, incrementando en más de un 40 por ciento. El maíz aumentó a comienzos de la guerra, aproximadamente en un 25 por ciento, debido a que Ucrania abarca el 15 por ciento de las exportaciones globales. También fue el caso de la cebada, con un alza del 30 por ciento; el aceite de girasol, con un 60 por ciento, e incluso los fertilizantes, con un 70 por ciento durante la primera etapa de la guerra.
La interrupción de las exportaciones de estos productos ha provocado escasez e inflación en varios países, especialmente de África y Oriente Medio, pero esto no sólo agudiza la inseguridad alimentaria, sino que intensifica la presión sobre las economías más vulnerables, incluidas las latinoamericanas.
Además, la incertidumbre que genera la guerra ha ocasionado una mayor volatilidad en los mercados de acciones, bonos y divisas. Los inversionistas ahora buscan refugio en activos considerados más seguros, como el oro y el dólar estadounidense, lo que ha impulsado depreciaciones de monedas por todo el mundo, particularmente de aquellas pertenecientes a países en desarrollo.
En México, el conflicto trajo un aumento en los precios de varios productos, afectaciones en las cadenas de suministros, presiones sobre el peso y un impacto en las migraciones debido a temas de seguridad nacional en Estados Unidos.
RECONFIGURACIÓN DEL ORDEN ECONÓMICO MUNDIAL
La guerra entre Rusia y Ucrania ha acelerado la reconfiguración del orden económico global. Las sanciones impuestas a Rusia por Occidente han llevado a Moscú a fortalecer sus lazos con China, India y otros territorios de Oriente. Este realineamiento podría dar lugar a un mundo multipolar, con bloques económicos rivales y una reducción en la cooperación internacional, como parece comenzar a verse con las medidas arancelarias anunciadas por Trump como respuesta a las nuevas condiciones geopolíticas.
Por un lado, Rusia ha buscado redirigir sus exportaciones de energéticos hacia el continente asiático, particularmente a China e India. Aunque esto no compensa por completo la pérdida de ingresos por la interrupción de sus exportaciones a Europa, le ha permitido estabilizar su economía y enfrentar de mejor manera las sanciones impuestas por Occidente. Por otro lado, China ha aprovechado la situación para fortalecer su posición como líder global, ofreciendo apoyo económico y político a Rusia mientras busca expandir su influencia en otras regiones.
Occidente, mientras tanto, se está tratando de reestructurar a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea, pero esos intentos están en riesgo con las amenazas del presidente Donald Trump hacia sus aliados europeos. Además, existen tensiones que han expuesto las divisiones internas de esta alianza, especialmente en lo que respecta a la dependencia energética y la capacidad para imponer sanciones efectivas a Rusia.
El conflicto armado ha subrayado la importancia de la cooperación internacional para abordar desafíos globales como el cambio climático, la seguridad alimentaria y la estabilidad económica; sin embargo, con un mundo cada vez más polarizado, lograr esta colaboración será un gran desafío.
La guerra no es sólo un problema regional, es un recordatorio de que la economía global es un sistema interconectado y frágil.