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Nepotismo y poder en México

Actualmente, esta experiencia nociva sigue vigente y al amparo del poder desde las presidencias de la República como vicio transexenal.

Nepotismo y poder en México

Nepotismo y poder en México

DR. ENRIQUE SADA SANDOVAL

Uno de los vicios endémicos, de entre los muchos que padece la clase política mexicana, es el nepotismo. Como herencia directa de la casta pseudorrevolucionaria del siglo XX, el nepotismo puede rastrearse más allá de la década de los treinta, a partir del presidente Miguel Alemán con su propio hijo, quien fue beneficiario del poder en turno a través de dádivas transexenales, tales como los desarrollos inmobiliarios en el puerto de Acapulco y buena parte de las concesiones de gobierno otorgadas a una empresa televisiva con radiodifusoras.

Esta tendencia tuvo continuación, a su vez, nada menos que con Luis Echeverría durante la década de los setenta, en la que, pese a su manejo permanente de un discurso socialista en favor de los pobres y de los países tercermundistas, tampoco evitó hacerse dueño y testaferro de Cancún, un sitio turístico incipiente, al que con todo su poder e influencia logró convertir al poco tiempo en un emporio de negocios y desarrollo urbanístico.

Cabe señalar que esta tendencia hegemónica, muy propia de las autodenominadas izquierdas, no es una tara exclusiva mexicana, pues suele tener réplica en otros países de nuestra América y con ejemplos bastante claros: la dinastía de los hermanos Castro en ese campo de concentración que es Cuba desde 1959, al igual que en otros casos más recientes, tal como sucediera en Brasil bajo el mandato de Luiz Inácio Lula Da Silva, el eterno candidato comunista, fundador —junto con Fidel Castro— del foro terrorista de Sao Paulo, quien convirtió a su hijo sin oficio en concesionario de medios de comunicación, dueño de una compañía televisora y multimillonario de la noche a la mañana.

Otro ejemplo también es la dinastía de los Kirchner en la Argentina, herederos de la estafeta populista del más rancio peronismo. Se convirtieron en multimillonarios y dueños no solo de un partido político del que hicieron negocio familiar durante décadas de enquistamiento en el poder —gracias a varios mandatos presidenciales entre el fallecido Néstor y su esposa Cristina—, sino también en grandes terratenientes al amparo de las instituciones públicas corrompidas por ellos mismos hasta el año pasado.

En México, actualmente, esta experiencia nociva sigue vigente y al amparo del poder desde las presidencias de la República como vicio transexenal. Lo vimos de manera muy clara durante el gobierno anterior, cuando el expresidente López, montado en todo un discurso de austeridad republicana, cercanía con los pobres y hasta supuesto combate a la corrupción, no dejó de favorecer de manera directa a sus hijos mayores, a su esposa, primos, a una nuera y demás parentela con concesiones jugosas y negocios en empresas paraestatales. Enriqueció hasta a sus amigos con los costosos elefantes blancos que, por su insolvencia, seguimos pagando los mexicanos desde nuestros impuestos.

Quizá un tanto consciente de aquellos vicios tan evidentes o por hallarse sujeta a escrutinio constante por parte de nuestros principales vecinos y socios comerciales, Claudia Sheinbaum pareció intentar sacudirse de esta herencia promulgando una ley ante el Congreso —donde dispone de la gran mayoría de los legisladores a sus órdenes— para prohibir el nepotismo.

Sin embargo, debido a exigencias del Partido Verde, que es una de las fuerzas políticas con las que va en coalición, se retractó, ordenando que esta ley entrara en vigor hasta el año 2030, no solo para no afectar lo que se vive en su partido y en el actual gobierno con los Alcalde, Batres, López, Salgado, Monreal y hasta los Yunes, sino para permitir que la esposa del gobernador de San Luis Potosí, que es senadora, pueda asumir el mando de esa entidad, con lo que aquello que pudo haber brillado como el gran acierto de la administración federal ahora queda relegado como adorno y en el olvido.

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